domingo, 6 de enero de 2019

Presentación de libro

Cáceres Velásquez, Artidoro: Neuropsicología, Espiritualidad y Religiosidad. Lima: UAP, 2014.

Al inicio de su libro el autor, el Dr. Artidoro Cáceres Velásquez (en adelante ACV), coloca su poema de connotaciones vallejianas “Busquen a Dios”. Ahí encarga a sus buscadores que le digan que “sus hijos se están muriendo”, que no se esconda y que vuelva para ser perdonado. “Un verdadero padre no huye,..”.
La obra es una colección unos 17 artículos sobre neuropsicología y diversos temas, especialmente religión y ateísmo en los primeros 7. Por ello, es una de las pocas obras en nuestro medio que trata la cuestión religiosa desde el punto de vista teórico de las ciencias de la conducta (otra de la que tenemos noticia es la del antropólogo Carlos Velaochaga: Psicología y religión, una visión antropológica, Lima: 2007).
En la introducción ACV define la neuropsicología como “disciplina” con ciencia y tecnología, así como con filosofía por “sus conceptos epistemológicos, axiológicos, gnoseológicos”. Por ello, postula nuestro autor que en vez de neurociencias se hable de neurodisciplinas.
El capítulo 2, exordio o preludio, en realidad, es una colección de citas sobre la religión de diversos autores, ya sean literatos, científicos o filósofos, como Matthew Alper quien dice “La humanidad no puede considerarse como un producto de Dios, sino que al contrario, Dios debe considerarse como un producto de la cognición humana”. O Voltaire quien afirmó: “La religión es la fuente de todas las locuras y perturbaciones imaginables. Es la madre del fanatismo y de la discordia civil, es la enemiga de la humanidad”.
En el cap. 3 ACV define a la neuropsicología como “la disciplina que estudia la mente, las conductas y los comportamientos de los seres vivos, incluyendo al ser humano”, habiendo, por ende, una de tipo animal y otra humana. Habla del desarrollo de la neuropsicología en el mundo, Latinoamérica y el Perú.
En el capítulo 4 “Espiritualidad-Religiosidad” se define a partir del Diccionario de la Real Academia Española una variedad de términos relativos a su título: como espiritual, espíritu, religioso, religión. ACV dice aquí: “Del mundo de las percepciones y a través de las inquietudes, incertidumbres y respuestas surgió la espiritualidad y la religiosidad”. También afirma que “La “religión” es una forma de espiritualidad”…como la estética, o la moral y la ética…”
El capítulo 5 “Religiones y sectas” ACV afirma “que no fueron todos los seres humanos los creadores de las explicaciones y fórmulas explicativas de los misterios de la vida y lde la naturaleza. Fueron los más imaginativos… pero, …también los que tenían los mejores mecanismos de imposición y convencimiento. Así han surgido los brujos, los chamanes, los magos, los ilusionistas, o iluminados, y …también los alucinados…”. ACV menciona además algunas atrocidades infames del pasado y del presente, mutiladoras y asesinas.
El capítulo 6 “Ateología” nos cuenta que este término difundido en el presente siglo por el filósofo francés Onfray ya había sido inventado, como este mismo señala, por Bataille en 1950 en una colección de sus escritos, La Suma Ateológica. En cambio Onfray le da a ese término “la posibilidad de un desmontaje filosófico” para llegar a una física materialista. También ACV cita a Onfray quien afirma que “La existencia de Jesús no ha sido verificada históricamente”. No hay ningún documento histórico ni resto arqueológico fidedignos para probar su existencia real en este mundo.
En el cap. 7 “Neuroteología” ACV nos recuerda que el inventor de este término fue Aldous Huxley en su novela “La Isla” quien, por otro lado, planteó la posibilidad que los procesos mentales de espiritualidad o religiosidad no eran adquiridos sino innatos, que “los humanos estamos condicionados para “crear” religiones”.
ACV nos recuerda en este cap. 7 que las “las lesiones en el lóbulo temporal derecho desencadenaban un cuadro de “hipereligiosidad”, y que las lesiones en el lóbulo parietal derecho “propician la espiritualidad””. Y cuando hay lesiones en la parte posterior de esos lóbulos se producen emociones de “trascendencia”.
En los capítulos 8 al 20 se hablan de diversos tópicos: del psicoanálisis al neuroanálisis (8), el alma (9), la mente criminal (10), su teoría PACOR para entender la conducta (11), la neuropsicología de la mente (12), el lóbulo límbico (13), de los genes y los memes (14), la neuropsicología y el aprendizaje (15), neuroanálisis de la mentira (16), neuroanálisis de la amistad y la lealtad (17), la creatividad musical (18 y 19) y el genio de Leonardo (20).
En el epítome ACV dice que su intención al escribir su libro ha sido “plantear la necesidad de enfrentar la descerebración que hace perder las estructuras encefálicas, que han hecho que este “pobre barro pensativo” (C. Vallejo) se quede en el lado de la irracionalidad”.

sábado, 5 de enero de 2019

RESEÑA


Gutiérrez Gómez, Edgar (2012). El absurdo de la vida. Ayacucho (Perú): Copygraph Bautista, 129 pp.

Como toda expresión humana, el sentido de la vida, se puede abordar de modo optimista o pesimista. Sobre el primer modo, tenemos los libros de:
a) Juan A. Mackay, filósofo y teólogo presbiteriano escocés, El sentido de la vida y otros ensayos de 1978 (3ra. ed.), donde habla en realidad del sentido de la hombridad, la vocación, la verdad, la amistad, el universo y lo cristiano; el autobiográfico de Moisés Chávez Ramos, escritor y hebraísta evangélico, Filosofía de la vida (s/f) donde concibe a esta “como la búsqueda del propósito y del sentido de la vida” (p. 7).
b) Angel Peña Benito, sacerdote agustino, Vale la pena vivir de 2006, quien afirma que “(e)l sentido de la vida está en Dios, que nos ama, aunque, a veces, esté oculto y silencioso” (p. 4).
c) Gustavo Flores Quelopana, escritor y filósofo autodidacta de fe católica: Vida sin sentido y olvido de Dios de 2012, donde dice que “(e)l hombre de la modernidad tardía es expresión cabal del nihilismo vital, no solo vive sin Dios sino que vive de espaldas al prójimo y a sí mismo”.
d) Intip Megil Guamán, músico y escritor, Illa. El sentido de la existencia desde una perspectiva tawaísta de 2007(?), en el que afirma que “(e)n la actualidad se ven claramente los vacíos espirituales que surgen en la sociedad, carencias y ausencias que las diversas filosofías o religiones son ineficaces de remediar” (p. 18) y para remediar eso propone volver a la religión andina o tawaísmo para llegar a la Illa o iluminación, y, así, aceptar el fundamento par o la dualidad que rige el cielo y la tierra, vivir en la armonía de la crianza mutua, y tratar de recibir el Illa para, a su vez, retransmitirlo, y producir el equilibrio, crear la diversidad y creer en ella (pp. 119-120).
e) Miguel Polo Santillán, filósofo y docente sanmarquino, Indagaciones sobre el sentido de la vida del 2011, donde declara de forma muy realista que “…el problema del sentido de la vida, además de ser un tema filosófico y social, es un tema político. La política debería dar las condiciones sociales, legales y culturales para que las personas construyan formas de vida más excelentes y sientan sus vidas más realizadas, sin convertir a los ciudadanos en peones o engranajes de un sistema irracional” (p. 66).
Y se han publicado artículos como:
f) el del autor de la presente reseña, filósofo humanista secular: “La vida humana: ¿cuál es su sentido?” de 1999, donde escribí que “(e)ntonces no importa que no haya un sentido predeterminado para nuestras vidas: nosotros mismos podemos crear y recrear -premeditadamente o no- nuestras metas y logros -así como frustraciones y fracasos- en este mundo del cual no tenemos ninguna duda de que exista. Nosotros mismos podemos proyectarnos hacia el futuro e ir construyendo nuestros ideales y anhelos, claro está hasta donde las circunstancias naturales y sociales -que otros supeditan a la Providencia, Destino o Suerte- lo permitan” (p. 8).
g) el de Octavio Obando, filósofo sanmarquino y docente actualmente en el Brasil: “Ética y sentido de la vida” del 2000, donde sostiene que “(e)l sentido de la vida no es puesto por entidad extrahumana alguna (ni tampoco se realiza en el mundo a partir de entidad extrahumana alguna). Tampoco es puesta por nosotros, es, en rigor, lo que el contexto material y cultural nos ofrece en cierto horizonte de posibilidades” (p. 32).
Sobre el segundo modo, el pesimista, tenemos libros, como el de Stergios Korfiatis, finado filosofo peruano, Solo sé que nada somos de 2007, una autobiografía con reflexiones filosóficas, y el que reseñaremos a continuación de Edgar Gutiérrez Gómez, educador y catedrático universitario, El absurdo de la vida del 2012, un ensayo donde su título ya nos está diciendo cuál es su postura sobre el sentido de la vida o existencia humana. En la introducción empieza hablando del fatalismo del filósofo rumano Emile Ciorán, autor de, entre muchos otros libros Del inconveniente de haber nacido (1973), su siempre reniego del “porqué (sic) vino a este mundo inconsultamente, para luchar contra esta vida llena de problemas” (p. 7). Sí pues, solo los seres humanos tienen otras clases de problemas además del de la supervivencia.
Cosa semejante, dice, sucede “cuando analizamos nuestra existencia absurda del buen vivir, justificando que somos seres sociales por naturaleza, para finalmente ser prisioneros de la sociedad que no nos deja vivir como deseamos en nuestra corta existencia” (ídem). Esto es paradójico: necesitamos de los demás para vivir pero a la vez los demás nos limitan.
Luego menciona a Dios que “odia tanto a los humanos y a toda su creación…sabemos que no desea venir…y el día en que aparezca será un rendir de cuentas y pedidos infinitos del hombre para que cumpla sus deseos…” (p. 10). Un reclamo que se justifica por la existencia de la maldad y el sufrimiento humanos.
Y sigue en estilo vallejiano “…Dios…cada vez que el hombre quiere acercarse, se aleja más” (ídem)…”Desde que nacimos estamos abocados a buscar a la divinidad, debería ser que él, Dios, venga a nosotros a encararnos de todo (sic) los pedidos que [le] hicimos, que algunos eran tan absurdos como la vida misma” (p. 11). Tal búsqueda no tendría sentido si Dios, como parece, no existiese y simplemente fuese una quimera humana más, producto de nuestra imaginación, necesidad y temor a la realidad social y natural.
Termina el autor su introducción diciendo “Finalmente, puedo estar orgulloso de lo hecho, pero debería estarlo mucho más de lo que no hice. Ese orgullo está cumplido” (id.). Un reclamo que vale para todos: no hemos hecho todo lo que podíamos hacer, muchas veces por distracciones, vanas, pereza, cinismo, ignorancia o cobardía.
Su ensayo propiamente dicho empieza en la p. 13 y termina en la p. 129.
Reconoce que la palabra “absurdo” fue usado en especial por los filósofos existencialistas a veces catalogados como irracionalistas (p. 13).
A continuación transcribe 12 conceptos sobre el existencialismo (p. 14-38), observando que casi todos ellos remiten a Kierkegaard, y copia, también innecesariamente, en cuatro págs. (40-43), la biografía de él escrita por Copleston. Simplemente debió hacer una síntesis nuestro doctor en educación.
Considera, con razón, a Camus como el “pensador más prolijo” de la filosofía del absurdo de la vida (p. 45) y transcribe dos breves biografías de él (pp. 45-46 y 49-50), evitando así nuevamente sintetizar lo que lee.
Después Gutiérrez, recalca lo efímero del placer (erótico) pues luego de éste, “llega al fatalismo y el vacío existencial” (p. 47). En general, todo placer es momentáneo, finito. Y si no se tiene otro tipo de placeres, metas, responsabilidades e ideales se puede caer en tal fatalidad y vaciedez.
Menciona a Camus y el único “problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio. Juzgar si la vida vale o no la pena de vivirla es responder a la pregunta fundamental de la filosofía” (pp. 49-50). Un tema delicado que, debido a las múltiples autoeliminaciones a lo largo de la historia y por todo el mundo, es evidente que mucha gente llegó a una respuesta negativa pero que, felizmente, la mayoría a todo lo contrario: que, a pesar de lo absurdo, contradictorio, doloroso e injusto de la vida, ésta vale la pena vivirse con sus pocos y breves momentos de felicidad y dicha que puedan haber.
Y comenta nuestro autor: “Toda nuestra vida gira en función al juego de la vida con la muerte, cada día es un aspirar más al suicidio perpetuo, hasta que llega el momento indicado, ahora o mañana. Siempre tenemos la esperanza de vivir más tiempo…¿será que esta vida longeva vale la pena ser vivida?, regresionando a la vida infantil que requiere cuidado especial, pero para la muerte” (p. 51). Cada momento de la vida que vivimos, en verdad, es una negación de la muerte, cada disfrute lo es del sufrimiento, cada acción buena es el rechazo del mal. Y, ciertamente, podemos llegar a una senectud tristemente senil, con nuestras capacidades físicas y mentales muy deterioradas para luego morir, cosa que puede darse en cualquier momento de la vida.
Luego dice Gutiérrez: “…venimos a este mundo para morir; mejor pudo haber sido, por ejemplo, no nacer para estar preocupado sobre esta vida y pensar regresar de donde venimos, …” (p. 56). Puede ser cierto lo que dice Gutiérrez pero ya hemos nacido, no podemos regresar a ninguna parte, ya estamos preocupados en una serie de cosas mientras vivimos, y también nos puede angustiar la muerte en menor o mayor grado, en-cualquier etapa de nuestro existir.
Añade el autor: ….”La única esperanza que debemos tener es la muerte no hay otra alternativa;…” (p. 58). Sin embargo, los seres humanos ante el rechazo de la muerte y de la inexistencia se esperanzan en los diversos constructos religiosos, filosóficos y científicos que ellos mismos crearon y que les distraen antes del inexorable final.
Además él cuestiona la moralina pacata: … ¿cuál es el argumento racional para estar cuestionando la vida ajena que no nos compete en absoluto….La sociedad hipócrita siempre cuestionó los supuestos excesos que provoca el hombre en su vida diaria, habría que buscar un parámetro [de] que es la mejor forma de actuar…” (p. 65). Ese es un tema clásico que ya desde la antigüedad, los filósofos se habían planteado, por ejemplo, el parámetro del griego Aristóteles era la práctica de la virtud para evitar el vicio por carencia o exceso, para los medievales era seguir la voluntad de Dios, interpretada por la Iglesia católica, para el filósofo alemán moderno Kant era el cumplimiento del deber, y para el filósofo inglés contemporáneo Mill era el máximo de felicidad para el mayor número de personas.
Por otro lado, habla Gutiérrez de lo absurdo de las guerras donde los soldados “desperdiciaron su tiempo” (p. 67). Y, claro está, sus vidas por la Patria, según la propaganda a la cual fueron expuestos desde su niñez, y no, como nos muestra la historia, en defensa de intereses más burdos y crudos propios de las minorías gobernantes y ricas.
Añade: “(e)xisten verdades de las cuáles todo hombre es conocedor…, conoce que va a morir, pero no se queda perplejo ante esta tamaña verdad” (p. 68). Pero a decir verdad algunos sí se asombran y se preocupan tanto así que niegan su envejecimiento maquillándolo pero que inexorablemente terminará con la muerte. Otros temen la muerte pero buscan consuelo y refugio en alguna religión o filosofía que les prometa alguna forma de existencia eterna.
Además escribe: …”está demostrada la insatisfacción del hombre en este mundo que con nada se contenta; así tenemos que es una nada dentro de la nada, la cual vino a esta realidad para terminar siendo nada” (p. 72). Pero, otra vez, la realidad es que también hay personas que sí se contentan, que están satisfechas y felices con su vida por más simple y llana que sea.
De nuevo afirma: “Único camino (la decisión razonable del absurdo de la vida) tomado hacia la felicidad eterna que es la muerte, que nos espera angustiada e impaciente” (p. 74). Pero con la muerte del cerebro ya no hay conciencia ni sensación, tampoco entonces tristeza o alegría.
También da una explicación existencial del suicidio y la recalca: “…tal persona para suicidarse, posiblemente encontró sentido al absurdo de su vida y lo termina con la muerte; de lo contrario, no encontró ninguna razón para vivir y se suicida” (pp. 77-8). Para él, entonces tanto encontrar absurda la vida, una forma de hallarle sentido, como no encontrar por qué vivir llevan a la autoeliminación.
Cuestiona nuestro autor la libertad de los humanos al afirmar que somos dependientes de nuestras creencias: “Creen [los hombres] que son libres en absoluto; sin embargo, la creencia se suma y multiplica con la fe en alguien que puede ser objeto, materia, sus padres, los hijos, bienes materiales o Dios todo poderoso; resulta que este hombre nunca vive libre en absoluto, porque está atado a su creencia en alguien a quien considera importante como razón de su existencia y justamente allí plantea que vivirá hasta que Dios disponga, y él, Dios, dispone cuando lo desea; ésta sería la manera de vivir con una dependencia total dejando nuestra existencia real para estar sumidos y atados a situaciones ajenas a nosotros” (pp. 78-9). Es inevitable, por lo tanto, creer en algo o alguien y depender de eso o ese, puesto que nos da un sentido de orientación y uno de devoción o apego.
Y menciona una verdad: somos seres sociales, nos debemos a los demás al decir: “El hombre dejó de vivir para sí mismo desde la concepción misma y al ser parte integrante de las personas que lo rodean, generalmente, pensando lo mejor para él; se ignora que se está haciendo daño al privar su libertad, exigiendo que actúe como lo desea el padre, los abuelos, los tíos, los héroes o simplemente las familias modelo, aparentemente de una moral intachable. Con la [sic] cual siempre los comparan como el “fulanito tal” para ser aceptado dentro del canon social;…” (p. 83). Cada sociedad tiene su propia moral y así patrón de aceptación o rechazo de sus miembros que, normalmente, nacen dentro de una familia.
Dice otra gran verdad: “Somos unos locos que fingimos ser racionales, ejemplos de moral y de vida, nos falta una seriedad existencial, porque desde que nacimos entramos a una locura total para sobrevivir en este mundillo de nadie y a la vez de todos, supuestamente” (p. 101). En realidad aunque tenemos un cerebro que nos permite ser racionales, no siempre lo somos, muchas veces estamos a merced de nuestros miedos, prejuicios, pasiones y supersticiones.
Los revolucionarios y “otras personas que murieron por alguna causa justa. Los que creían haber realizado algo para terminar en la nada…” (p. 118). Ciertamente, tanto justos como injustos terminaremos muriendo.
Agrega Gutiérrez: “(v)ivimos eternamente engañados, argumentando que es realidad aunque sea pura ilusión al estilo de los idealistas subjetivos; algunos seres humanos nos hemos ilusionado exageradamente y buscamos algo que perdure para siempre;…” (p. 121). Si, pues, aunque la realidad es todo lo que nos rodea, la interpretamos de acuerdo a nuestras preconcepciones de ella, según lo que hemos aprendido desde niños.
Además escribe que “(e)xisten lugares donde el hombre puede reflexionar de lo absurdo que es la vida como son los cementerios, velorios, hospitales, iglesias, el propio domicilio donde nació el hombre que va a morir, muy pronto, con el promedio de vida que tenemos en el sentido natural de menos de sesenta años de edad, y los goces se terminan para pensar en el tiempo perdido que dejamos atrás” (p. 122). Ante la enfermedad o la muerte, recién podemos ser conscientes de los preciosos, invaluables e irrepetibles momentos no aprovechados.
Sigue esa idea al afirmar “…no debemos desaprovechar el placer de la existencia de la vida que nos depara este mundo” (p. 124). Placer único mientras se viva y se sienta en contraposición al dolor y sufrimiento que también forman parte del vivir.
Concordamos también con este autor cuando afirma que “(l)as limitaciones económicas solo crean barreras ideales, pues para vivir bien no se necesita dinero solo una buena predisposición de que la vida es una y es tal y como la sentimos…” (ídem). Pero claro, vivimos dentro del marco de una civilización dineraria donde casi todo se vende y compra, y sin plata no hay comida, ropa, medicamentos y vivienda, por hablar de lo más básico.
El colega añade: “…el hombre, lamentablemente no sabe para qué está viviendo o vino a este mundo, para autodestruirse con sus lamentaciones y decisiones absurdas de que la vida tiene sentido” (p. 125). Por supuesto que mientras vivamos son inevitables el dolor y el sufrimiento y no existe EL sentido de la vida. Sin embargo, Gutiérrez afirma: “Estamos inmersos dentro de la vida infeliz por desear algo mejor, siempre queda algo por hacer en este mundo del absurdo vivir; alguien busca vivir por los hijos, por los padres, por sí mismos; finalmente otros sabotean nuestra existencia a modo y medida de nuestra posibilidad, en relación con la naturaleza”. Y, evidentemente nuestro autor encontró su sentido de vivir en su hijo cuya foto de bebé adorna la carátula de su libro.

Referencias
Chávez, Moisés. s/f. Filosofía de la vida. Lima: Editoriales Unidas.
Flores Quelopana, Gustavo. 2012. Vida sin sentido y olvido de Dios. Lima: IIPCIAL.
Korfiatis, Stergios. 2007. Solo sé que nada somos. Lima: Editorial Gutemberg.
Mackay, Juan A.  1978. El sentido de la vida y otros ensayos.  Lima: Ediciones Sanadresinas, 3ra. edición.
Obando, Octavio. “Ética y sentido de la vida” en Paz y Miño, M.A. (ed.), 2000.
Paz y Miño, Manuel Abraham. 1999. Ethos: ¡Vivamos mejor! Una introducción a los problemas de la vida. Lima: Ediciones RPFA.
Paz y Miño, M.A. (ed.), Carmen Zavala, Frederick Edwords, Octavio Obando, y Paul Kurtz. 2000. Eupraxophia. Revista Humanista Secular. El sentido la vida. Lima, Año 1, nro. 2, Junio.
Peña Benito, Angel. 2006. Vale la pena vivir. Lima: s/i.
Polo Santillán, Miguel. 2011. Indagaciones sobre el sentido de la vida. Lima: Fondo Editorial de la UIGV.

jueves, 27 de septiembre de 2018

RESEÑA

Arroyo Martínez Fabre, Mario Salvador. 2015. Ciencia y fe: ¿un equilibrio posible? Lima: Fondo Editorial de la Universidad Católica Sedes Sapientiae, 199 págs.



Es un tema recurrente la discusión académica sobre las relaciones, conflictivas o no, entre ciencia y religión (especialmente la cristiana), tanto en creyentes como no creyentes.  Recuérdese, además de las obras que menciona el autor, las de, por ejemplo, en el mundo anglo-parlante: Russell (1951), Polkinghorne (1998), Davies (2006), Stenger (2008), Harrison (2010) o McGrath (2016), en el francófono, Teilhard de Chardin (1965), Guitton et al. (1991), Egloff (2006), o Minois (2016) en el hispano, las de Pérez de Laborda (1980), Ruiz de la Peña (1996), Udías Vallina (2010), Chuvieco y Alexander (2012) o Leguizamón (2014), y en el Perú la de Peña Benito (s/f), sacerdote agustino español que vivió muchos años acá.
La obra de Mario Arroyo, sacerdote católico y doctor en filosofía, nacido en México, tiene una presentación por el biólogo Aldo Llanos, una introducción, 16 artículos con su bibliografía. A continuación, transcribiremos y comentaremos aquellos párrafos que nos han llamado la atención.
Su autor empieza, en la introducción, afirmando que “(l)a aparente oposición entre ciencia y fe evidencia muchas realidades. La primera de todas,…es la ignorancia” (p. 13).  Reconoce que empieza “por una ignorancia de la propia fe”. Muchos creyentes no conocen el catecismo católico ni la Biblia y así “creen encontrar oposición” entre ésta y la ciencia, o peor, al interpretar a aquélla literalmente no se dan “cuenta que su interpretación” (p. 14) es muy insuficiente. Él tiene mucha razón en lo que afirma pues los creyentes promedio lo son por tradición familiar: creen porque así se les ha inculcado desde niños, no porque hayan investigado el origen de su religión.
Sin embargo, también, afirma Arroyo, los científicos padecen de ignorancias, aunque “son más difíciles de evidenciar, ya que la ciencia detenta, como si fuera exclusiva posesión suya, el halo de la racionalidad y la inteligencia” (ídem). En primer término, está su “ignorancia religiosa” pues “(m)uchas veces el dios con el que se pelean efectivamente no existe”, el dios “tapa agujeros” “que invocamos cuando no podemos explicar algo” (id.), así “la religión no puede sino ser hija de la ignorancia”. Pero en tanto la ciencia y la tecnología avancen “ya no habrá lugar para este dios, ya que no existirán tales “agujeros”. Por lo tanto, el dios “tapa agujeros”, “es un fantasma”, no es el Dios que “sí existe y es real” (id.). Pero no basta con afirmar eso pues para muchos creyentes los fantasmas (y una conciencia humana que pervive a la muerte) sí existen, son parte de lo que creen que es la realidad. Y una de las funciones de la creencia en alguna divinidad es que ésta es el origen y la explicación de todo, siendo de este modo un gran tapahuecos ante nuestro desconocimiento de dónde viene y cómo funciona el mundo.
Además, dice nuestro escritor, pues “desde el inicio de la modernidad, la filosofía ha quedado rezagada respecto de la ciencia” (id.), así que el científico no necesita saber de aquélla, “porque la ciencia la ha relegado y ha mostrado que el saber filosófico está demás: bastaría el saber científico para explicar la vida, el mundo y el sentido de las cosas” y ya que en ese saber no se trata de dios ni el alma “está más que justificado dudar de ellos” (p. 14-15). Le daríamos la razón si es que estuviera hablando de un científico que nunca hubiera llevado algún curso de filosofía – o de filosofía de la ciencia-- ni siquiera a nivel escolar –que en la actualidad pudiera ser el caso de muchos profesionales-- o que no conociese los límites e insuficiencias del conocimiento científico.
Con todo, continúa Arroyo, es falsa la (supuesta) pretensión, por parte de la ciencia (y la tecnología), de tener la exclusividad absoluta del saber y no necesitar de la filosofía, pues aquella parte de supuestos “que no puede demostrar desde sí misma; ignora los presupuestos filosóficos desde los cuales construye todo su saber”, (y según Artigas): el supuesto ontológico de que existe un orden natural inteligible, el supuesto epistemológico de que tenemos la capacidad de conocerlo, y el supuesto ético que el objetivo de la ciencia tiene un valor que vale la pena buscarlo (p. 15). Eso sería muy cierto, si se asume como saber o conocimiento las creencias y experiencias religiosas, las especulaciones filosóficas, las interpretaciones y expresiones artísticas, nuestros sentimientos, etc. Y la demostración de los supuestos que menciona no necesita ser probada por la mayoría de científicos, filósofos, legos, o aquellos que simplemente usan el sentido común: basta con observar la realidad para notar y entender que hay fenómenos repetitivos, regulares u “ordenados” naturales, y que su conocimiento ha mejorado la vida humana (pero también, mal usado ha hecho lo contrario).
Por otro lado, hay científicos prestigiosos que defienden posturas filosóficas pero eso confunde al público, pues no han sido demostradas científicamente e, incluso, ya obsoletas, nos da a entender Arroyo.  Concordamos en eso, pero los científicos también tienen una visión del mundo, el ser humano y el bien y el mal como cualquiera y tienen derecho a expresar sus puntos de vista incluyendo sus creencias religiosas, si las tuvieran.
Por todo lo anterior, el autor pretende con su libro “ofrecer puentes de comunicación entre los tres tipos de saber: científico, filosófico y teológico”, armonizándolos y produciendo “la unidad del conocimiento y una comprensión cada vez más extensa y profunda del misterio del hombre y el cosmos” (id.). Esa unidad sería muy bien aceptada por aquellos que albergan especialmente una fe religiosa y que a la vez respetan la filosofía y la ciencia.
Para él, falta aclarar el conocimiento, por ejemplo, de la relación entre cerebro y mente, alma o pensamiento (p. 16). Precisamente las divergencias provienen de lo que los escolares escucharon en el catecismo y en sus clases de biología, física o astronomía con respecto al origen del universo y el hombre (id.). Ante eso podemos afirmar que ya hay avances al respecto: ya se ha observado en mucha gente mayor que a la par de que tiene un deterioro físico y cerebral, tiene un deterioro mental o psicológico; incluso en jóvenes que han sufrido alguna mutilación cerebral, como el célebre caso del joven Phineas Cage, que la sufrió accidentalmente, a nivel del lóbulo frontal, lo que ocasionó que su personalidad cambiara dramáticamente; o ante estimulación del lóbulo parietal derecho se puede experimentar episodios religiosos incluso siendo no creyente.
En la p. 22 hace una crítica a las universidades productoras de técnicos y especialistas, que “perfeccionan el intelecto, pero” … “no a la persona concreta y completa”. Eso es muy cierto sobre todo en aquellas que buscan sobre todo cómo obtener más y más lucro.  De todos modos, muchos centros de educación superior tienen departamentos de atención a los alumnos por parte de psicólogos, sacerdotes o pastores, según sea el tipo de universidad. Y además Arroyo agrega que “la unidad y el orden de los saberes requiere de la Teología; si falta ésta, los saberes particulares ocuparán su lugar, produciéndose un desorden y una imprecisión en el conocimiento y la comprensión”. Entonces, se sigue, es necesaria la teología pero una de tipo racional en las universidades públicas que comparta sus principios y conclusiones a los profesores de otras especialidades. Pero otra vez, los universitarios creyentes necesitarán de la teología e incluso la filosofía para intentar superar cualquier antagonismo que se les presenta en relación con su fe y la realidad. A los que les satisfaga solo la filosofía y la ciencia no necesitarán de la teología.
Arroyo reconoce realistamente “las insuficiencias metodológicas” del filósofo o teólogo “de espaldas a la realidad” (p. 23) que en la religión se llama fundamentalismo, como es el caso del creacionismo que interpreta literalmente la Biblia negando los aportes de la ciencia sobre el origen del universo y la humanidad. Ciertamente peor aún rechazar la ciencia y quedarse con un libro producto de una cultura lejana y antigua es síntoma de ignorancia e irrealismo lo cual, como es muy sabido, produce intolerancia que lleva al abuso y la persecución cuando los religiosos manejan o tienen el apoyo del poder político como muestra la historia pasada y reciente.
También nuestro autor reconoce “que la ciencia habla de un principio de la realidad”…ésta “está ahí, y es preciso explicarla…” (id.), pero esa es la labor del filósofo no del científico promedio.
”El dato científico me ayuda para comprender que una determinada aproximación a la Sagrada Escritura no es la correcta, pero de ningún modo puede descalificar a la Biblia como libro revelado por Dios…” (pp. 23-24).  Si la historia de las religiones nos muestra los orígenes y evolución de sus creencias sin necesidad de explicarla sobrenaturalmente podemos entender así que sus diversas “verdades reveladas por Dios” son simplemente palabras de hombres no conteniendo nada sobrehumano ni misterioso. La ciencia no avala o descalifica directamente la creencia o no en alguna divinidad, esa no es su tarea.
Pero además hay conocimientos científicos que “tienen abundantes consecuencias filosóficas y teológicas” (como por ejemplo, cuándo se inicia y termina la vida humana, si el embrión o cigoto forma parte o no del cuerpo de la madre, cómo se originó la vida en nuestro mundo o si la hay en otros, incluyendo la inteligente, cuándo se originó el universo y cuál es su extensión, etc.) (p. 24).  Eso es muy cierto, de ahí las muchas discusiones y desacuerdos.
Obviamente concordamos cuando Arroyo afirma que la ciencia nos da datos de los hechos y la filosofía y la teología los interpretan y les dan sentido precisamente cuando surgen interrogantes que aquélla no puede responder (p. 25). Un mismo objeto, sea un grano de arena o el universo, puede ser interpretado de modos distintos, para unos será producto de un diseño inteligente divino y para otros una de las tantas posibilidades del azar y la casualidad.
Luego afirma que el caso Galileo, es ejemplo de “la supuesta oposición entre fe y razón, o por lo menos, entre la Iglesia Católica y la razón científica” (p. 27). Dice que no hay casos de oposición entre ellas.  Hace la precisión que el error de la condena de Galileo no fue papal sino de la Inquisición (así sea cierto eso ésta fue una creación de la Iglesia) y que “nunca se ha repetido tal equivocación por parte de la autoridad eclesiástica” (p. 33). Nuestro autor olvida la muerte en la hoguera de Giordano Bruno tras el proceso inquisitorial que padeció por tener ideas cosmológicas adelantadas a su tiempo y otras de tipo teológico-metafísico distintas a las católicas. Explica que la condena a Galileo se dio en una época donde “eran todavía muy confusas las fronteras entre saber científico, filosofía y teología” (p. 34).  A eso hay que agregar que en esa época y lugar no había aun la fundamental idea de la separación entre Estado e Iglesia para evitar intolerancia y persecución por pensar diferente
En la p. 35 aclara que “(n)o es misión de la religión motivar el saber científico, como tampoco debe encargarse del ordenamiento político de un país, ni es función de la ciencia determinar cuál es la religión verdadera, si es que hay alguna”. Basándose en Jaki dice que “la ciencia nació muerta” o vivió muy poco en contextos no occidentales y no cristianos. Precisamente con el cristianismo, dice, la ciencia se desarrolló y al madurar se separó de su contexto religioso (pp. 35-36).  Tiene razón, pero era un cristianismo que buscaba el saber para entender la creación de Dios, no uno que le tenía repulsión como el que propició la quema de libros o personas.
Luego, en la pág. 39, afirma que “la razón tiene su fuente en Dios”,… “(a)l desarrollar su ingenio, el hombre da más gloria a Dios”…y “al desarrollar su razón y transformar con ella el mundo, cumple un concreto mandato divino” y así pretende refutar la idea ilustrada de “que la religión es fruto de la superstición y la ignorancia, de forma que a mayor desarrollo de la razón, quedaría menos espacio para Dios y lo religioso, en cuanto explicación de los fenómenos del mundo”. Y dice que “(e)sto sería verdad en el otro grupo de religiones, es decir, en aquellas que pretenden explicarlo todo recurriendo a una interpretación sobrenatural, o para las que la libertad humana no existe o no pasa de ser una sensación subjetiva”. Pero “(n)ada de esto sucede en la perspectiva judeo-cristiana…” (!!).
Ante lo anterior es evidente de que es una creencia religiosa pensar que nuestra razón proviene de Dios o que éste nos ha mandado algo. Y si, la religión apareció como la primera forma de explicar la realidad: ante el desconocimiento (y el temor) de por qué sucedían los fenómenos naturales –incluyendo la enfermedad y la muerte—, los primeros humanos imaginaron como sus causantes a seres pensantes y con voluntad de manejarlas a su antojo y capricho como cualquier persona. Luego, al interpretar el conocimiento científico como un entendimiento de la creación divina, los teólogos, ya desde el Medioevo, se dieron cuenta que la ciencia no estaba en contra de su fe (salvo su interpretación literal de las Escrituras como palabra revelada por Dios, así infalible y perfecta, y que por lo tanto, los que la contradecían estaban contra la verdad o peor aún, con el demonio).
Ahora bien, gracias de los avances de la ciencia, la idea de un dios creador e interventor en la realidad natural y humana ya no es imprescindible, salvo que se necesite y quiera algo más que eso en la búsqueda de trascendencia y sentido.
Además han pasado siglos y muchas persecuciones y muertes, para que el cristianismo organizado deje de imponer a sangre y fuego sus creencias a los llamados paganos o creyentes en otras religiones. Y si hay científicos creyentes (en todas las religiones) eso no anula la ciencia. Creer o no en un dios, creador o no, simplemente es una interpretación de la realidad. Unos la ven como producto de una inteligencia y orden sobrenatural y otros simplemente como la consecuencia de la evolución de la materia y energía que tiene como característica primordial el cambio y la transformación.
Nuestro autor también defiende (pág. 40) que “no solo alentó la Iglesia la investigación científica como “a larga distancia”, sino que la impulsó muy directamente, como se ha visto más arriba, a través de las universidades”. Pero eso se debe al contexto socio-cultural de la época, una en la cual la Iglesia estaba en todas las esferas de la vida y en la cual tenía poder. Es más, la búsqueda y la enseñanza del conocimiento al ser una cuestión muy humana es anterior a la universidad medieval y no exclusivo de Europa –recordemos, por ejemplo, la academia platónica y el liceo aristotélico y a los centros de educación superior en las antiguas China (con su academia imperial), e India (en templos budistas) o la Universidad de Qarawiyyin (en una mezquita islámica) en el siglo ix (en lo que llamamos ahora Marruecos)-- .
Consideramos un error teológico que Arroyo haga una distinción entre fe católica y fe cristiana al hablar del ex ateo converso Francis Collins (p. 54). Si bien es cierto no todo cristiano es católico, todo católico es cristiano, esto es, el catolicismo es una de las variantes del cristianismo. Al parecer ha caído en el habla popular de los evangélicos o protestantes que se presentan a sí mismos como cristianos –nombre o adjetivo que incluiría también a los orientales u ortodoxos y a todas las variantes post evangélicas con toda suerte de creencias disímiles sobre Dios, Jesús y la vida de ultratumba.
Sin embargo, muy bien reconoce (p. 55) que el diseño inteligente es “una interpretación filosófica de determinados datos científicos” y el creacionismo “es el producto de una lectura fundamentalista de los avances científicos, que no puede ser calificado sino como pseudociencia”.
Más adelante (p. 71) admite que la evolución “fue una teoría que nació en polémica con la religión, y más en concreto con la cristiana”. Ciertamente en una época de fundamentalismo bíblico y aún incipiente desarrollo científico.
En la pág. 79 dice que “(u)na de las señales más claras de racionalidad y, por lo tanto de espiritualidad, se presenta en la evidencia de ofrendas y entierros, actividad cultural y religiosa”. En stricto sensu, la creencia en algún tipo de vida o consciencia después de la muerte, es señal del rechazo humano a la muerte, y la necesidad humana de seguir existiendo de alguna manera.
Nuestro autor cita al sacerdote y físico Carreira (pág. 116): “¿Por qué es el universo cómo es? Porque está hecho para el hombre”. Y dice que si se cambiara alguna de las variables del universo, “aunque fuera en un grado ínfimo, no podríamos existir” (p. 117). ¿Y qué hay con eso? No siempre existieron nuestra especie —y todas las demás-- ni nuestro planeta y algún día dejarán de existir. Peor aún, la creencia de que el Universo se hizo para nosotros ha llevado a un antropocentrismo y especiecismo contra la naturaleza y los otros animales, e incluso racismo (al considerar más humanos a los supuestos seguidores de la verdad divina).
Es verdad que ante la vastedad del cosmos —universo o multiuniverso-- el surgimiento de ciertos tipos de vida y luego de una de tipo inteligente es algo inusual pero no imposible.
Arroyo, citando a Artigas (pág. 125), sostiene que “(e)l hecho mismo de que el hombre haya podido formular algo semejante al saber científico es una muestra patente de que no puede reducirse a materia, sino que incluyéndola, esta materia supone un componente espiritual,…”. Evidentemente no es capaz de aceptar que la materia cerebral evolucionada produzca pensamientos, que nos haga capaces de ser imaginativos y creativos, de tener cultura –incluidas la religión, el arte, la filosofía, la ciencia, etc.
En la pág. 148, dice que “(e)l problema del cientificismo no es la ciencia, …sino su desprecio por toda otra forma de conocimiento”. En la diversidad de la realidad humana hay toda clase de ideas y, entre ellas, algunas postulan diversas formas de conocimiento. Pero son los resultados los que determinan si nuestras ideas o conocimientos son válidos o no. Todos tenemos derecho a pensar y creer en cualquier cosa, siempre y cuando eso no afecte a los demás.
Es cierto que la ciencia depende de lo económico (p. 154) como muchas otras actividades humanas, no podemos negar esa realidad. Pensemos sino en lo que pasaría con la Iglesia si el Estado dejara de subvencionarla directamente con dinero o eliminara sus excepciones tributarias.
Afirma Arroyo (p. 155) que hay científicos que combaten la religión con “tintes religiosos, de “cruzada”, dando como resultado una especie de religión antireligiosa (sic)”. Quizá se refiere al fanatismo que más fácilmente aparece en las religiones pero es cierto: con el fin de socavar la influencia de determinada creencia en la supuesta existencia de alguna divinidad en la esfera social algunos la han calificado de perversa (con alguna razón según la historia pasada y reciente) creando sobre todo malestar en los creyentes de buena fe, que sin duda existen.
En definitiva, la religión todavía goza de buena salud y siempre habrá pretextos para mantenerla viva --no sólo existenciales sino además materiales. No se la puede borrar de un plumazo especialmente en regiones del mundo donde imperan la pobreza, la ignorancia y la necesidad –sobre muchos países del hemisferio Sur--, o simplemente por ser parte fundacional de determinada sociedad de bienestar –como los EE.UU.--.
En todo caso, los creyentes y los no creyentes, especialmente, los que tienen el privilegio de haber sido formados académicamente, tienen que buscar puntos en común entre sí, en pro del desarrollo humano individual y social, a favor del respeto y tolerancia mutuos.
Terminando el libro Arroyo (p. 182) aclara que “(l)a intención del presente texto es divulgativa”. Eso es muy cierto, pues los temas variados del libro pueden ser más profundizados y discutidos. Nuestro autor culpa a la “fuerte presión mediática” de la “supuesta oposición entre ciencia y fe” que para él “no existe, ni es válida”. Pero otra vez tal disputa tiene un origen histórico concreto y no es mera propaganda.
Es evidente que la Iglesia católica se ha adaptado muy bien a los tiempos modernos en relación al conocimiento científico, por ejemplo, acepta la evolución de las especies y la gran explosión que dio origen al universo que conocemos (ambas guiadas por Dios), e incluso ante las demandas de mayor justicia social. Pero aún le falta permitir oficialmente a sus sacerdotes y monjas disfrutar de su sexualidad y así no contravenir el mandato bíblico de “crecer y multiplicaos”, pero esa es otra historia.

Lima, 20 de noviembre del 2018.
Manuel A. Paz y Miño, Director, Revista Peruana de Filosofía Aplicada (RPFA).

Bibliografia sobre ciencia y religión
Chuvieco, Emilio y Denis Alexander (coords.). 2012. Ciencia y Religión en el siglo XXI: recuperar el diálogo. Madrid: Editorial Centro de Estudios Ramón Areces.
Davies, Paul. 2006. La mente de Dios: la base científica para un mundo racional. Madrid: McGraw-Hill.
Egloff, Pierre. 2006. Dieu, les sciences et l'univers: L'homme interplanétaire. París: Editions L'Harmattan.
Guitton, Jean; Igor Bogdanov y Grichka Bogdanov. 1991. Dieu et la Science. París: Éditions Grasset.
Harrison, Peter. 2010. The Cambridge Companion to Science and Religion. Cambridge: Cambridge University Press.
Leguizamón, Raúl O. 2014. La ciencia contra la fe. Reflexiones sobre la relación entre la verdadera ciencia y la fe evolucionista. Guadalajara: Universidad Autónoma de Guadalajara, 3ra. edición.
McGrath, Alister. 2016. La ciencia desde la fe. Madrid: Espasa.
Minois, Georges. 2016. La Iglesia y la ciencia. Historia de un malentendido. Madrid: Ediciones Akal.
Peña Benito, Ángel. S/f. ¿La ciencia contra la fe? Lima: Ángel Peña O.A.R.
Pérez de Laborda, Alfonso. 1980.  Ciencia y fe: historia y análisis de una relación enconada. Madrid: Marova.
Polkinghorne, John. 1998. Ciencia y teología: una introducción. Santander: Sal Terrae.
Ruiz de la Peña, Juan L. 1996. Teología de la creación. Santander: Sal Terrae.
Russell, Bertrand. 1951. Religión y ciencia. México: Fondo de Cultura Económica.
Stenger, Victor. 2008. ¿Existe dios?: El gran enfrentamiento entre ciencia y creencia, entre fe y razón. Barcelona: Ma Non Troppo.
Teilhard de Chardin, Pierre. 1965. Ciencia y Cristo. Madrid: Taurus.
Udías Vallina, Agustín. 2010. Ciencia y religión, dos visiones del mundo. Santander: Sal Terrae.

domingo, 26 de agosto de 2018

CONVOCATORIA: FILOSOFÍA DE LA PERUANIDAD

La REVISTA PERUANA DE FILOSOFÍA APLICADA (RPFA) tiene el gusto de invitarle a participar con un artículo para su próximo número especial con motivo del próximo Bicentenario de nuestra Independencia sobre:


FILOSOFÍA DE LA PERUANIDAD
¿Qué es el Perú y qué es ser peruano?
Reflexiones sobre su situación pasada, actual y futura 

El tema podrá ser abordado desde la perspectiva de algún pensador nacional (González Prada, Mariátegui, Haya, Riva Agüero, Belaúnde, Porras, Arguedas, etc.) o desde una nueva propuesta original.

El artículo a ser escrito no deberá ser de más de 10 páginas (tamaño A-4) a un espacio con un resumen (en castellano e inglés) y enviarlo al correo electrónico: rpfa@yahoo.com

FECHA LÍMITE DE RECEPCIÓN DE ARTÍCULOS: 
19 DE ENERO DEL 2019

Web: http://revistaperuanadefilosofiaaplicada.blogspot.com/

La RPFA está indexada en el
INTERNATIONAL DIRECTORY OF PHILOSOPHY & PHILOSOPHERS.


sábado, 25 de agosto de 2018

DEBATES SOBRE LA VIGENCIA DE LAS IDEAS DE KARL MARX

Ciclo de debates sobre las ideas del filósofo alemán Karl Marx en el bicentenario de su nacimiento.

Marx y la política, 27 de junio de 18:00 a 21:00
¿Sigue vigente Marx en política? ¿Es todavía una opción el marxismo como alternativa política ante las grandes desigualdades sociales o sus ideas ya fracasaron, no se pueden aplicar a la realidad? 


Polemistas:
Educador Julio Chávez Rivera (Presidente de la Academia Peruana de Filosofía y Ciencias) y abogado Héctor Ñaupari (Presidente del Instituto de Estudios de la Acción Humana).

Marx y la religión, 19 de julio de 18:00 a 21:00
¿Sigue vigente la crítica de Marx a la religión? ¿Es la religión el opio de los pueblos? 
Polemistas:
Filósofos Luis Solís (Universidad de Ciencias y Humanidades) y Mario Arroyo (Universidad de Piura).

Marx y la economía, 6 de septiembre de 18:00 a 21:00
¿Siguen vigentes las teorías económicas de Marx? ¿Son científicas sus teorías?

Polemistas:
Economistas José Luis Tapia Rocha (Universidad de San Martín de Porres), y César Augusto Risso Herrera (Universidad Nacional del Callao).

Marx y la ciencia, 27 de septiembre de 18:00 a 21:00
¿Es científico el marxismo? ¿Se han cumplido sus predicciones?
Polemistas:
Lingüista Raymundo Casas (UNMSM) y el sociólogo Mario Portocarrero (UNMSM).

Marx y la filosofía8 de noviembre
¿Sigue vigente la filosofía de Marx?¿Son válidas aún las explicaciones sobre la realidad según la filosofía de Marx, la concepción materialista de la historia? 

Polemistas: 
Abogado Manuel Humala (UIGV) y físico Luis del Castilo (UNMSM).


PROGRAMA:
1a. Parte: Documental sobre el tema, 6-6.45 pm.
2a. Parte: Debate, 7-8 pm.
3a. Parte: Conversatorio de preguntas y respuestas con el público asistente, 8-9 pm.

LUGAR: 
SINATBAN, Jr. Madre de Dios 281 (altura de la c. 4 de Av. P. Thouars, frente a entrada de Parque de las Aguas), Urb. Santa Beatriz, Cercado de Lima.

Mapa del lugar:
https://www.google.com/maps/place/Sinatban/@-12.069402,-77.034707,15z/data=!4m5!3m4!1s0x0:0x707ccbb4a13a48f!8m2!3d-12.069402!4d-77.034707


INGRESO LIBRE

miércoles, 13 de septiembre de 2017

DEBATES SOBRE TEMAS ACTUALES DEL PERÚ Y EL MUNDO

Jueves 12 de octubre, de 7 a 9.30 pm
¿QUIÉNES SON LOS RESPONSABLES DE LA CRISIS DE VENEZUELA?
Con Rodolfo Ochoa Abreu (Educador, Universidad Pedagógica Experimental Libertador, Venezuela) y  Máximo Grillo Anunnziata (Médico, UNMSM).
La imagen puede contener: 2 personas, personas sentadas e interior

Jueves 19 de octubre, de 7 a 9.30 pm
¿CUÁL ES EL PAPEL DE LA MUJER EN LA SOCIEDAD PERUANA ACTUAL?
Con Patricia Vega-Centeno (Licenciada en Arqueología, Universidad de San Antonio de Abad del Cusco, y egresada de la Maestría en Estudios Andinos, PUCP) y Doris Torres Olivero (con estudios en Trabajo social, UNMSM, y Ciencias de la comunicación, UPSMP, Lima- Perú).
La imagen puede contener: 2 personas, personas sonriendo

Jueves 26 de octubre, de 7 a 9.30 pm
¿CUÁL ES EL LEGADO DE LA REVOLUCIÓN DE OCTUBRE?
Con Edinson Ramos Flores (Educador y Docente, Universidad de Ciencias y Humanidades), y Augusto Ruiz Zevallos (Historiador y Docente, Universidad Nacional Federico Villarreal).
La imagen puede contener: 2 personas, personas de pie, traje e interior
Jueves 2 de noviembre, de 7 a 9.30 pm
¿CÓMO SOLUCIONAR EL PROBLEMA DE LA EDUCACIÓN PERUANA? 
Con Jhon Ochoa (Docente, Escuelas Libres), Juan Rivera Palomino (Docente cesante, Facultad de Letras, UNMSM), y Alfredo Rodríguez Torres (Docente, Facultad de Educación, UNMSM).


Lugar: Auditorio de la Facultad de Educación de la UNMSM. 

ENTRADA LIBRE

Auspicia:
FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD NACIONAL MAYOR DE SAN MARCOS

Coorganizan:


ACADEMIA PERUANA DE FILOSOFIA Y CIENCIA (APERFIL)

Presentación de libro

Cáceres Velásquez, Artidoro: Neuropsicología, Espiritualidad y Religiosidad. Lima: UAP, 2014. Al inicio de su libro el autor, el Dr. A...